|
|
|
|
Llegamos por el agua, la única forma posible en ese tiempo. Acompañaba a un grupo de teatro que haría algunas representaciones y de forma inmediata surgió en mí el deseo de capturar todas esas imágenes, un mundo que yo no había visto, un mundo surreal, un museo vivo con gente anclada en el pasado sin perder de vista los tiempos por venir. 1 Así describe Mariana Yampolsky su primera visita a Tlacotalpan, un pueblo al que describe fotográficamente en el libro del mismo nombre, y que se caracteriza por la belleza y exhuberancia del paisaje natural mantenida en equilibrio con las construcciones realizadas por sus habitantes, quienes cimientan la originalidad de Tlacotalpan en su sabiduría para moldear el espacio y el tiempo de acuerdo a sus necesidades y expectativas, a una filosofía que hace del placer la principal motivación de la vida; el baile, la música, el gusto por el color y la comida forman allí un crisol de costumbres que sorprenden al viajero motivándole a permanecer en la población.
La aceleración que caracteriza la vida urbana es una condición opuesta al sentido y el ritmo habituales en Tlacotalpan, donde no cabe la sofisticación con la que se concibe el fenómeno artístico en la modernidad. Por la misma circunstancia, el texto de Elena Poniatowska que acompaña las fotografías funciona como referente ideal del ambiente donde se tomaron, ya que describe, mediante la ficción implícita de la tradición oral, anécdotas e historias referidas por figuras imaginarias o reales de la vida tlacotalpeña, retomando así el principal soporte y motivo del libro: la población que ha creado un lugar mítico, donde lo fantástico es lo cotidiano. El desparpajo propio de la cultura jarocha, modificó la habitual sobriedad de la obra de Yampolsky, dando como resultado una afortunada coincidencia entre la ideología de la autora y la temática abordada, tal y como puede verse en los retratos del volumen, que reflejan el humor presente en las miradas y los gestos de quienes aparecen en ellos. Se cumple entonces uno de los propósitos de la artista: ser fiel a la identidad del otro, haciendo de la fotografía un medio de comunión, más que de comunicación.
El origen de esta emoción se encuentra en una de las mejores tradiciones artísticas mexicanas del siglo XX; la que impulsaron movimientos y agrupaciones como el muralismo y el Taller de la Gráfica Popular, que reivindicaban el valor de la colectividad por sobre la acción individual. La adscripción durante muchos años de Mariana Yampolsky al segundo grupo, que hizo de la estampa un medio de reconstrucción del imaginario social, ha derivado en la constante preocupación por hacer de su trabajo un servicio público. La diferencia entre el carácter panfletario y estéril visible en numerosas imágenes creadas con las mismas motivaciones, frente a la elocuencia de las fotografías de Mariana Yampolsky, reside en su capacidad para desplazar creativamente el sentido realista de los elementos y personas que toma hacia aspectos ligados a la imaginación, como la abstracción y la metáfora, categorías presentes a lo largo de su obra, que llevan a ver el mundo como una imagen de una imagen mental. La ambivalencia implícita a la constante interacción entre el espacio objetivo que registra la cámara y los espacios subjetivos de la memoria configuran entonces lo que Francisco Reyes Palma definió como una antropología emocional, es decir, una mirada encargada de reconocer al sujeto creador contemporáneo inserto en una sedimentación cultural de siglos, y de manifestar los ritmos celebratorios que consolidan esa unión; acto de registrar el potencial creativo de las comunidades rurales y las pequeñas naciones originarias que pueblan el país y de dar constancia de su cohesión vital.2
Frente a tales condiciones, Tlacotalpan es un lugar aleccionador, donde sus habitantes establecen ciclos vitales a través del empleo del color, sin duda el primer motivo que salta a la vista cuando uno recorre sus calles. Ignorar el color en Tlacotalpan es una contradicción, ha dicho la fotógrafa. Por ello, el ambiente de la mítica ciudad ribereña del río Papaloapan, llevó a Mariana Yampolsky a reabrir una línea dentro de su obra: el empleo del color como elemento principal de las fotografías, aspecto poco común en la tradición fotográfica mexicana. La riqueza de gamas tonales que reflejan las casas de Tlacotalpan llevó a Mariana Yampolsky a retomar una cualidad de su primer trabajo profesional como fotógrafa, cuando recorrió el país para realizar el libro Lo efímero y lo eterno del arte popular mexicano, editado en colaboración con Leopoldo Méndez y publicado por el Fondo Editorial de la Plástica Mexicana en 1971. Entre Tlacotalpan y aquél trabajo inicial, realizado también en color, se traza un puente que enriquece la percepción sobre su obra al subrayar una característica: el discurso narrativo, que revela el trabajo editorial de David Maawad, quien hizo de la serie en color que ocupa la primera parte del libro uno de los resultados más significativos de los últimos años desde la perspectiva de la integración iconográfica en torno a una temática donde el concepto de autoría se difumina entre los diferentes creadores del color de la imagen, cumpliendo así el que quizás sea el mayor anhelo de la fotógrafa: constituirse en un negativo, un reflejo del otro, no para desaparecer en su mirada, sino para afirmarse con ella y con su cultura.
Usted puede enviar sus comentarios sobre esta reseña a: acadena@avantel.net |